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TESTIMONIO
DE JUANA ROSA MILITZ "ASI LLEGUÉ HASTA ADOLF
HITLER"
Edición
Especial de ‘Revista Nuestra Voz’. Agosto del 116 E.H. Santiago, Chile. Testimonio de una joven Chilena que en el año 1938
entrevistó personalmente a Adolf Hitler en su despacho de la Cancillería del
Reich en Berlín, tomada de la versión realizada por Franz Pfeiffer. ¿QUIÉN
FUE JUANA ROSA MILITZ? Juana Rosa nació en un
poblado cercano a Valdivia en 1912, falleciendo su madre a los pocos días. Su
padre, un jornalero, desapareció sin dejar rastro entregándola en adopción a
unos campesinos alemanes que le pusieron su apellido, Militz. Su
infancia estuvo plena de dificultades, ya que un incendio y las malas cosechas
obligaron a sus padres adoptivos a buscar otros y mejores horizontes y
trasladarse a diferentes pueblos y ciudades. De todas maneras, se preocuparon en
todo momento de su instrucción, lo que le permitió gozar más tarde de una
amplia cultura general y dedicarse a labores de enfermería. Además también
aprendió el Castellano y el Alemán a la perfección. En 1929, el matrimonio Militz volvió a
Alemania,
gracias a una herencia, llevando consigo a Juana Rosa. Se radicaron en Radwitz,
en Prusia Oriental, en una pequeña granja, donde en un comienzo todo pareció
marchar perfectamente. Se ocuparon de la producción y reparto de leche. Incluso
hasta antes de su muerte Juana Rosa aun recordaba con nostalgia la ardua labor
que dicho trabajo representaba, sobre todo el traslado en carreta hasta la
ciudad y la venta de leche y queso. La
crisis Mundial Económica, sin embargo, también se hizo sentir en Radwitz y
nuevamente para la familia Militz sobrevino la miseria, vendieron hasta lo último
que les fue quedando y emigraron al Oeste. Juana sumo así un nuevo golpe ya que
un accidente la dejo definitivamente huérfana y entregada a su suerte, debiendo
muchas veces pernoctar al aire libre y sobrevivir gracias a instituciones de
caridad. Pero su empuje le permitió conseguir un empleo como enfermera en un
pequeño hospital donde se destacó pronto por su gran capacidad. En
1932 con la llegada del Nacionalsocialismo ingreso al partido, pasando a
formar parte de una formación auxiliar que empleaba voluntarios para ayudar a
los campesinos ('Volkswohlfahrt") Durante
la guerra Juana Rosa estuvo luchando junto a tropas alemanas en pleno Ártico
contra los Rusos a cargo de un hospital de campaña. Fue secretaria de
Comunicaciones en la central de la Luftwaffe y Miembro de la Cruz Roja, además
de muchas otras actividades que realizara incansablemente y con una voluntad
grandiosa. El final de la guerra la
encontró entre una compañía en una caverna del frente en Noruega, en medio de
heridos y prisioneros. La orden de suspender la hostilidades llego hasta su
oficial superior solamente un mes después del 8 de mayo, originándose una
extraña caravana que logró llegar hasta Suecia. Quiero
dejar constancia que las cartas manuscritas y también a veces a máquina, ayudan
enormemente a comprender hechos históricos, conocer la mentalidad y actuación
real de diversos personajes en medio de divertidas y serias situaciones en las
que supo participar Juana Rosa Militz. Por
mi parte basta con explicar que tuve contacto con esta extraordinaria mujer
por intermedio de un amigo argentino quien la conoció en uno de los hogares de
ancianos de Munich. A
pesar de su enfermedad a finales de su vida por medio del Cda. Franz Pfeiffer
logró poner por escrito sus recuerdos y finalmente, con breves correcciones
aprobó el presente documento que presentamos "ASÍ LLEGUÉ HASTA ADOLF
HITLER"
"Te he contado que durante toda mi vida he salido de
cuanto apuro me he encontrado
gracias a cierto tipo de don especial una mezcla de simpatía espontánea que
muchos sienten al tratar conmigo y esa tozudez que me caracteriza que quizás ya
hayas comprobado en mi correspondencia. Parece que desconcierto pues parezco
siempre de muy buen estado de ánimo y humor a pesar de lo azaroso de mi vida.
Por otra parte, esto parece conservarme joven, algo que siempre comentan otras
personas de mi edad; no te olvides mi querido y respetado Cda. Pfeiffer que, a
veces, suelo coger la bicicleta de un vecino y partir riendo en ella por las
calles del pueblecito una viejecita de 76 años...” Bien,
esa forma de ser creo que fue determinante aquel día en que, tras haber probado
por varias semanas en las mas distintas oficinas e instancias mi suerte, decidí
que "Hoy” hablaría con el Führer y nadie podría impedírmelo. Salvo él
mismo, por supuesto. Era muy
temprano. Me coloqué mi mejor uniforme partidario, repasé mi aspecto general. Hablando con vecinos y el
portero, ensayé
expresiones faciales, etc. Por fin, cogí una cartera que completé de documentos
y, sin pensarlo más, hice parar un taxi, anunciando con voz autoritaria: Zur
Reichskanzlei! (A la cancillería del
Reich!) El
pobre conductor prefirió no hacer comentarios, limitándose a conducir
raudamente hasta que, bastante pronto, nos detuvimos efectivamente en la calle
Hermann Goring. Enfrente vivía el Ministro de Propaganda, Dr. Goebbels y un
poco más allá, Joachim von Ribbentrop, de Relaciones Exteriores, de manera que
pude ver gran cantidad de guardias uniformados y hasta deleitarme con los
acordes de himnos y pequeños desfiles habituales de cambios de guardia. Eran
apenas las nueve de la mañana, pero el ajetreo de ordenanzas y el arribo de
automóviles oficiales o particulares era intenso; ello mostraba que la
holgazanería que los Militz viésemos años atrás en un viaje desde Prusia,
era desconocida en el Berlín nacionalsocialista. Pero
no me di tiempo para observar el panorama más detenidamente, pagué al
taxista y corrí por la escalinata, al fondo de la cual sabía yo que estaba la
entrada oficial a la Cancillería. Me faltó un poca la respiración y apenas
logré sonreír, al ser cogida de un brazo por un ágil joven de uniforme negro,
que me levanto en vilo, antes de que pudiera avanzar o también caerme de bruces. Medía
unos dos metros. "Es capaz de poner fuera de combate a un toro, con un solo
puñetazo". Me dije. Es que necesito alcanzarle, balbuceé
finalmente. Se me olvidaron algunos documentos. Pues el señor
subsecretario ya entró hace cinco minutos y es muy tarde para usted. Comentó
él, como lamentándose de mi mala suerte. De todas maneras, hizo una seña a un
ayudante, tan imponente y agradable como él, indicándole me llevara adentro. Por supuesto que había una confusión. Al recurrir yo a la primera disculpa que se me había venido a la
cabeza, no tenía idea alguna de quién había llegado antes que yo, pero, mi
mentalidad práctica me obligó a hacer uso de esta coincidencia de inmediato.
Se trata de algo muy urgente para mí y está en directa relación con el
Führer... dije, en forma suplicante, rogando a todos los dioses no tener que mentir
otra vez. Esa, parece, la ultima moda por aquí. Todos los días sucede algo
inesperado. En fin, veamos si te puedo ayudar Cda. de partido. Venga, los de
recepción no son agradables, ya les haremos entender. Un hombre de civil,
gordito y bajo, de amplios bigotes, me solicitó mis documentos anotando
cuidadosamente todos los detalles, luego con visible cuidado, echo un vistazo a
mi cartera, fijó sus ojos en mi y asintió. No alcance a darle las gracias
cuando un Joven oficial Pardo, muy elegante, me indico: Vamos
por este pasillo. Es como un atajo, mas largo quizás pero con menos
complicaciones. Meissner acaba de salir de su oficina por unos momentos, de
manera que no notara que usted llegó tarde a la conferencia. En realidad... Me
inspiraba tanta confianza, que quise decirte toda la verdad. ¡Quizás sea una idiota mas, pero he venido porque
deseo ver al Führer! -logré decir, por fin. Naturalmente.
Todo el mundo quiere ver hoy al Führer. Así de simple. No me diga que también
trae alguno de esos planes extraordinarios con que se nos vuelven locos... rió
fuertemente. ¿Qué tal si mejor volvemos a la ventanilla
adecuada y usted solicita una audiencia como debe ser? Acaba
usted de confiarme que hay millones que quieren ver y hablar con el Führer...
No quisiera estar en el pellejo de los funcionarios encargados de las
solicitudes. No, yo quiero verlo hoy. Ante
mi pose determinante, optó por el humor. Muy
bien si usted se compromete a cenar hoy conmigo, entonces veré que podemos
hacer. Claro que no puedo asegurar
nada. Prometido.
Y dejo el restaurante a su elección. Sus
profundos ojos azules me resultaban definitivamente como de los de una persona
honesta y simpática. Es un acuerdo
solemnte. A las ocho en el Kurfuerstendamm. Venga,
puede que tengamos éxito, ya que conozco
a Adolf Hitler hace mucho tiempo, soy antiguo miembro del partido. Fíjese bien,
caminaremos discretamente hasta donde están aquellos SS, es una de las
antesalas de la oficina del Canciller mismo. En el momento que se abra esa
puerta, tenemos que encontramos matemáticamente a un par de pasos de distancia;
no nos apresuremos ni nos detengamos. Esté lista para saltar, si es necesario.
Espere unos segundos. Se
acercó hacia uno de los guardias, a quien mi nuevo amigo palmoteo la espalda y
quien, cuadrado como una estatua, no dejó de sonreír. Todo
sucedió en forma inesperada. La alta puerta se abrió de pronto, todos
adoptaron la posición firmes y surgió un pequeño civil, un mozo de librea y
dos o tres militares de uniforme extranjero
tras ellos distinguí nada menos que a Rudolf Hess y entonces... a Adolf
Hitler, que se despedía de un diplomático, que mantenía su sombrero de copa
en la mano izquierda, con evidentes deseos de deshacerse de el. Mi amigo se hizo
a un lado, procurando, de todas maneras, mantenerse lo más cerca posible de la
puerta mientras me hacía un impaciente guiño de alerta. El
Führer
permaneció por un breve instante en el umbral y ahí tuve la gran oportunidad.
Fue cosa de segundos. El pareció comprender la situación, seguramente no era
la primera vez. Al
darse vuelta la comitiva, alejándose, miró fijamente a mi guía pardo y
esperó.
Luego dirigió su vista hacia mí, sus ojos parecieron penetrarme y luego hizo
algo como un mohín de aprobación. Vestía
su tradicional uniforme del partido, aunque me di cuenta de inmediato que no
llevaba botas; su figura era imponente, elegante su rostro, bastante más fino y
expresivo que el de las fotos de siempre, irradiaba una inusitada tranquilidad y
parecía sentirse muy a gusto. Sin duda, la reciente entrevista había sido
agradable. Por fin exclamó: Hola,
Lingmann, usted siempre con estas sorpresas. ¡No me venga con cosas, quiero
saber qué desea esta simpática y joven dama! Quise
levantar el brazo y hacer el saludo reglamentario, pero al mismo tiempo pensé
en una venia y la inclinación característica aprendida en la sección femenina
del N.S.D.A.P. No llegué a nada, pues el canciller me extendía la mano y se
empujaba suavemente al interior de la imponente sala, sin tomar en cuenta mis
entrecortadas explicaciones. El
recinto era enorme. Al fondo divisé un imponente escritorio, todo tipo de
sillones, un exquisito mobiliario y un gran retrato del Rey Federico II, El
Grande. No había grandes lujos pero se destacaba el buen gusto, el orden artístico,
iluminado todavía por la tenue luz del sol que entraba a través de los grandes
ventanales. Eso me hizo recordar que era todavía bastante temprano y que el Führer
estaba acostumbrado a un horario muy especial. No
sé como me encontré, súbitamente, sentada frente a él. Sentía un escalofrío
inusitado y los nervios me jugaban una mala pasada por primera vez en mi vida. Muy
bien, dijo lentamente. ¿Qué es lo que tiene en
mente? Parecía divertirse mucho
con la situación. Mientras los ayudantes el mismo Lingmann habían
desaparecido, sin que yo me percatara. Mi
Führer, he querido conocerle personalmente. Reconozco que soy una chiflada al
interrumpir su trabajo en una forma como esta. Nada
de eso, mi joven amiga, nada es más grato para mí que poder despejar mi mente
por algunos minutos con alguien honesto. Supiera usted toda la cháchara de
formalidades que he de soportar todo el día y parte de la misma noche, asuntos
que no conducen a nada. En usted veo esa vitalidad y audacia que ya se quisieran
unos cuantos que me rodean. ¿Pero usted no es propiamente alemana, verdad? Le
informe lo más brevemente que pude sobre mi origen. Chile. Me
dijo. Ajá, ese largo país en Sudamérica. El año pasado enviaron
una delegación que me impresionó mucho. Algo hay de semejante en el carácter.
Si no me equivoco, incluso hay allá un Movimiento Nacionalsocialista muy
importante. Sí,
aunque, por supuesto, tiene una larga lucha por delante y también ha corrido la
sangre en enfrentamientos con los "rojos". Desgraciadamente, es el precio que hay que
pagar. Nuestra doctrina no es fácil de entender, teniendo en cuenta la increíble
influencia de la Prensa. Los judíos distorsionan todo, mienten de tal manera,
que los ciudadanos son incapaces de creer que se le engaña todos los días. Si en el Reich el público se
enterara de las imbecilidades que se dicen de usted y las cosas que ha llevado a
cabo, la gente se moriría de risa. Al
mirar hacia un ventanal Hitler exclamó: Aunque no lo crea aquí mismo todavía tenemos
que convencer a muchos compatriotas. ¡Ah, si nuestro Ministerio de Propaganda
dispusiera de los medios en gran cantidad! Pero estamos limitados. Nuestros
films, nuestras grabaciones, incluso las musicales son superiores en técnicas
y calidad pero no llegan a todas partes. Si hoy yo digo que tal cosa es blanca
mañana los judíos en Nueva York afirmaran que dije precisamente lo contrario.
Naturalmente que usted debe conocer los trucos que se pueden emplear. Es que
nuestros partidarios, a veces, son demasiados honestos y Eso
nos pone siempre a la defensiva y muy poco atacamos. Es una falla del pueblo
alemán. Carece, de esa picardía necesaria. Como la tienen los franceses y
nuestros amigos italianos, por ejemplo. El
Führer se había puesto serio, parecía como si discutiera consigo mismo y se
hiciera críticas. De pronto, lanzó una carcajada, que procuró aminorar. Luego
exclamó: ¡Ahora
andan diciendo que los Nacionalsocialistas queremos matar a todos aquellos que
no son altos, rubios, de ojos azules, etc!. Medio mundo lo cree. Nadie piensa
que entonces tendríamos que liquidar a Himmler, al Dr. Goebbels, al Duce, al
Emperador de Japón y unos cuantos aliados y amigos íntimos, para reemplazarlos
por el Rey de Inglaterra o el mismo loco de Roosevelt. Sven Medin, ese genial
explorador sueco me dijo que eso se había inventado precisamente durante una
fiesta diplomática en Londres. Pero,
quizás tomamos muy a la ligera esa propaganda y quizás encontremos unos
cuantos buenos columnistas de nuestros cine que sepan hacer algo al respecto. Me han
dicho que en Baviera hay últimamente algunos. En fin, es nuestro defecto. Es lo
que sucedía antes de nuestra llegada al poder. Ahora, claro, es fácil decir que simplemente nos
demoramos doce años hasta que los electores entendieron, nuestros principios
nos llevaron al triunfo, que había simplemente que ganar elección tras elección.
Se olvidan de todas las trampas y sucios ataques que tuvimos que soportar, de los
desastres, que también existieron. Traiciones inesperadas, sabotaje en las
filas propias. En realidad, estamos hoy en esta magnífica posición sólo por
nuestra firmeza, nuestro aguante. Hubo grandes hombres que un buen día lanzaron
todo por la borda, aburridos por la incomprensión. Pero,
me interesa saber un poco de ustedes. Muchas
veces son las mujeres las que interpretan el verdadero sentir de la Nación.
Aunque parezca lo contrario, siempre son más rebeldes. Y desconfiadas. Es
natural, para la mujer primero esta la estabilidad de su hogar, el progreso de
sus hijos. No sabe usted lo difícil que fue en los primeros años que
ingresaran a nuestras filas las mujeres. Los
más decididos SA tenían en sus casas a los más enconados enemigos. Eso ha cambiado radicalmente, mi
Führer. Por
supuesto. Es que hemos cumplido. Hemos terminado con la pobreza, nuestras
mujeres también pueden gozar de sus vacaciones, ser madre es un honor y no un
problema económico, como antes. Y todo se basa en algo tan sencillo como el de
restablecer el viejo orden natural: El hombre a sus funciones y la mujer a las
suyas. Así lo practica en África el clan más primitivo, pero en nuestro tan
alabado mundo occidental, las doctrinas disolventes se encargan de hacer creer
que debe de hacerse lo contrario. Si se empieza por considerar a la persona por
su dinero o poder que tiene, en vez de sus dotes personales, entonces ponemos el
mundo de cabeza, nadie puede asombrase luego si los resultados son el caos. De
cuando en cuando enfatizaba su pensamiento con rápidos movimientos de manos sin
apartar la vista de mí como si esperara alguna reacción especial quizás hasta
una contradicción Quienes
han afirmado que Adolf Hitler solía levantarse bruscamente, caminar a lo largo
de la habitación y alzar la voz inusitadamente mienten en forma deliberada o se
refieren a
alguna circunstancia
especial, en que cualquiera puede alterarse por motivos normales. Se
había inclinado hacia atrás y volvía a sonreír. Y
bueno, aquí tenemos a una muchachita que se cuela sin más ni menos hasta mi
oficina privada, simplemente porque desea verme de cerca. Atravieza la guardia,
desdeña a
los graves señores que yo
mismo estaba despidiendo en la puerta. Jajaja, verá los comentarios que hará a
su presidente ese caballero del sombrero de copa. Me voy a permitir algo. Cogió
uno de los teléfonos y dijo: ¡Fotógrafo
de prensa! Al instante se abrió una puerta lateral y, a toda
prisa, ingresó un fotógrafo uniformado, junto a mi amigo Linemann. Disparó
el flash varias veces. Llévesela
inmediatamente a Hoffmann y al “Volkischer Beobachter”. Lectura : “EL
FUHRER SE INFORMA PERSONALMENTE SOBRE LOS AVANCES E IDEAS DE LA JUVENTUD FEMENINA”. ¡A su orden! Contesto el fotógrafo. Volvió
a sentarse tranquilamente, mientras yo ya no cabía en mi: Eso significaba que
al día siguiente figuraría en primera plana en los periódicos. Menudo asombro
para todos mis amigos y camaradas. Prosigamos,
hoy es un día espléndido. Solamente cosas rutinarias en el Ministerio de
Agricultura, y con los campesinos no
tengo problema alguno. Los entiendo muy bien. La mayoría de mis primeros partidarios eran
campesinos. No temían represalias de los judíos, pues no
necesitaban créditos ni prestamos. Si alguna máquina fallaba siempre disponían
de sus manos, si se enfermaba un animal, recurrían al veterinario más próximo,
al que pagaban bien. ¿Ve usted? Era el trabajo y la capacidad lo determinante,
no el banco ni los prestamistas. ¿Ha tenido usted una experiencia campestre? Mucha,
mi Führer. Le
conté acerca de Chile, luego de nuestra granja. -Entonces
usted habrá podido ver cómo procuraron arruinar toda nuestra economía, los
bellacos. Crearon
cesantía artificial para aumentar el número de proletarios en las ciudades,
consiguiendo así unir millones de buenos alemanes al servido del
Bolchevismo. ¿Sabe Usted que Thalmann, el jefe Comunista, tenía lista un alzamiento
y yo ya entonces figuraba como primero
en la nómina de los Entonces
lo interrumpí, aunque ya había escuchado que tal actitud le molestaba
pues le impedía llevar hasta el final su idea. Pero noté que no tuvo ninguna
reacción de contrariedad, quizás algo de extrañeza. Mi Führer la prensa extranjera y uno que otro ciudadano aquí mismo comentan que los campos son horribles prisiones y que se castiga duramente. Lo
sé, desde luego que no se trata de una colonia de vacaciones, pero el trato es
muy humanitario y el trabajo es pagado, cada cierto tiempo dejamos en libertad a
muchos, que bajo el régimen anterior se hubieran consumido en la cárcel. Acá nosotros no tenemos ahora calabozos con barrotes de piedras, sino que amplias barracas al estilo militar. Los internos, de acuerdo con su trabajo, reciben, como dije, un salario, de manera que puedan alimentar a sus familias. Fíjese: En tres años solamente siete individuos han reincidido en delitos comunes, del total de diez mil que pusimos en libertad. Eso sí: hemos adoptado un sistema especial. Quien cumpla con su pena, queda totalmente libre, su pasado se olvida y se les considera otra vez como ciudadano, con todos los derechos inherentes. ¿Y qué muestran esos paladines de la democracia? Acaso no llevan a la silla eléctrica o a las cámaras de gases cada semana a un par de gangsters? ¿Donde están sus grandes reformas? Es cierto, en Munich se condenó a muerte hace dos meses a un individuo. Pero ahora pocos recuerdan que había asesinado a nueve personas y existía un real pánico. Con gente así no podemos ser blandos, por supuesto, el proceso fue corto y rápido. Durante
unas instantes permaneció en silencio. Parecía sentirse herido, tocado
injustamente; pero; bien pronto retornó su actitud alegre. Dígame
una cosa: ¿ Cómo ve usted el desarrollo de nuestros niños? ¿Reciben una
educación adecuada? -Creo
que esta generación va a ser la mejor de todos los tiempos mi Führer. Durante los juegos Olimpicos pude observar como los
extranjeros se maravillaban con el compartamiento de los niños; su cortesía,
su verdadero entusiasmos por asistir a la escuela, por ejemplo. Debimos
repartir muchísimos folletos explicativos, pues los desconfiados imaginaban
simplemente una acertada organización propagandística. Por suerte, nuestra
difusión fue exitosa y acertada. Pero:
¿aprenden lo que realmente necesitan, y no simplemente esa cháchara a la que
yo hago alusión en mi libro? He sostenido, que es inútil llenar las cabezas
con teorías o conocimientos sin aplicación. ¿Ha cambiado eso? Intervine,
por supuesto, el hecho de que ya no hay diferencias socio–económicas. Este
comentario satisfizo a Adolf Hitler más que cualquier otra de mis
intervenciones. Si, cada cual recibe la enseñanza y con todas
ventajas que podamos conseguir. Entonces se destaca aquel alumno por sus
reales condiciones innatas. Es uno de los mayores logros del Nacionalsocialismo,
el de haber logrado unir al pueblo en tomo a
un ideal común, desterrado todas esas rivalidades que surgían por
influencias extrañas. Nuestras Jóvenes, por ejemplo hoy no se pintan ni
maquillan, ni se disfrazan según la famosa "moda". ¡Y es tan bello
observarlas en su aspecto natural! Cuántas
divisas se dilapidaban antes únicamente en la importación de pastas y
menjunjes inútiles! Basta
con comparar las revistas norteamericanas con las nuestras. Por allá las mujeres
parecen usar mascaras y llegan a los sacrificios para vestirse en forma por
lo demás incómoda. Ahora
no hablemos de sus diversiones: música estridente, ajena a toda cultura
definida. ¡Y no paparan allí! Infectaran a todos los pueblos de sana tradición, en
el aspecto cultural. Nuestros
enemigos quieren la idiotez masiva, de manera que nadie piense por su cuenta.
Nosotros sabemos el daño que la moderna Sicología judía puede inyectar. Entonces
súbitamente se puso te pie se levantó graciosamente del mullido sillón. Era
el fin de la entrevista. Para mí había trascurrido una eternidad o apenas
cinco minutos, no lo sabía. Sin
darme cuenta, me había instalado como si estuviera de visita en casa de viejos
conocidos. Poco a poco, había
vuelto a mi tranquilidad habitual. El pareció buscar algo, miró sobre una
pequeña mesa, pero descartó enseguida alguna idea. Me
hubiera gustado darle algo como recuerdo, me dijo, pero supongo que esas cosas (señaló
unas cajitas relucientes) no son aptas para usted. Se trata de encendedores y
cigarreras; una genial idea de Goebbels: Así no necesitamos cada vez inventar
alguna nueva medalla recordatoria. Como yo no fumo, a veces ni siquiera me
acuerdo y es posible que hayas ofendido a algún diplomático por no darle
más. En fin, Meissner siempre sabe de esos detalles y los arregla. Tras
pulsar un botón, me acompaño lentamente hasta la gran puerta. Mi
querida amiga. Ha sido un gran placer. Ya Lingmann se comunicará con usted.
Ahora tengo que volver a mi trabajo, dijo suavemente, con un apretón de
manos, que me hizo olvidar otra vez todo el protocolo que debía haber
observado. Entonces
mi amigo del uniforme pardo, con amplia sonrisa, se plantó ante mí y yo apenas
alcancé a ver como el Führer desaparecía. Me
sentí aturdida. Noté enseguida las miradas de los curiosos. Vi
incluso personal femenina, reconocí a la señora Gensie, de la oficina del
Mariscal Goering. Caminé
muy erguida, silenciosa y lenta, por el corredor, mientras mil ideas y
reproches me roncaban la cabeza. ¿Por qué ni siquiera le di las
gracias? En tal instante. ¿Por qué no fui capaz de alargar el tema? ¿Qué impresión podría haberle
causado yo? En fin, lo que nunca hubiera imaginado, aun conservo fresca en mi
memoria toda la conversación y juraría que he puesto por escrito en perfecto ¿Qué será de esos gallardos oficiales? ¿Quedará algo en pie del
restaurante, donde por la noche, celebré con todas mis amistades? ¿Cuántas
tragedias no sumó
años
más tarde ese mismo barrio? Ahora
que estoy anciana, la nostalgia me invade muy a menudo. No
me faltaron en mi vida las experiencias de toda índole, penosas y alegres, pero
ninguna fue de la magnitud de la de aquella mañana en la Cancillería. Todo ha pasado, todo se ha ido, tu mismo ya no eres tan joven mi querido Cda. Pfeiffer, pero seguramente alcanzarás a tomar parte en ese futuro que veo tan próximo, desde que las señales de un resurgimiento masivo del Nacionalsocialismo hicieran sonar el tambor, llamando otra vez al combate".
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