JOSEPH GOEBBELS - El maestro de la propaganda.

       "Aquí tenemos una misión que cumplir." Joseph Goebbels

    Al lado del Führer está el Dr. Goebbels. Como él, constituye una personificación especialmente demostrativa del tipo de ser humano nacionalsocialista: inteligente, identificado con el pueblo, sencillo, tenaz y con inaudita capacidad de trabajo. Como el Führer, también proviene de la capa de auténtica raigambre de la nacionalidad, muestra claramente su íntima conexión con el pueblo y la tierra.

    Rheydt, la vieja ciudad poseedora de un espíritu de resistencia obstinada, cuyo orgulloso sentido de la independencia es conocido en toda Renania, es su ciudad natal. Y por dura que se haya desencadenado la lucha partidaria en Alemania en años posteriores y por más grande que fueran las diatribas, falsedades e infamias con las cuales se trataba de difamar al "Superbandido de Berlín" en toda Alemania y en el mundo, en su ciudad natal nadie, durante los catorce años, jamás lanzó un insulto contra su persona. Hasta el órgano socialdemócrata de Rheydt se guardó de combatir de una manera sucia contra este hijo de la ciudad y cuando ésta ofreció al doctor Goebbels la dignidad de ciudadano de honor, votó a favor de esto no sólo la mayoría nacionalsocialista y burguesa sino también la socialdemocracia, signo éste de cómo pensaba la ciudad natal de su más grande hijo.

     Difícil es la juventud de Joseph Goebbels. Cuando se desencadena en todos los frentes la Guerra Mundial, se halla cursando sus estudios secundarios. Ingresa luego a la universidad para, mediante un esfuerzo fervoroso, poder llegar a ser útil a la Patria, a través del estudio de sus bienes espirituales, ya que no lo podía realizar en el frente. Cuando de pronto irrumpe la subversión. Todo aquello por lo cual el joven Goebbels pensaba trabajar pareció roto, desgarrado, aniquilado, extinguido. Sin sosiego va de universidad en universidad. Pero en ninguna parte encuentra un sosten, una esperanza. En todas partes el estudiante no observa más que nuevas devastaciones, nuevos derrumbes, nuevas desesperanzas.

     Así llega en 1922 a Munich. Y en Munich concurre por casualidad a una reunión política del NSDAP y escucha a Adolf Hitler. Durante dos horas habla este hombre y lo que el Dr. Goebbels nunca sintió en los cuatro desesperados años, aquí surgió poderosamente dentro de él: el sentimiento de tener ante sí a un conductor, al conductor que estaba predestinado para salvar a Alemania, el hombre que se hallaba en condiciones de mover montañas con su fe, un hombre en fin, en quien podía confiarse incondicionalmente y al cual seguir debía constituir no una vergüenza sino suprema dicha. Y lo siguió. Por de pronto, al producirse la lucha de defensa del Ruhr, el joven miembro del Partido se hizo presente como otros miles y allí podía actuar, podía erigir las primeras defensas, no sólo contra una invasión de rapiña sino, además, contra un sistema que posibilitaba y toleraba esta invasión. En la lucha por el Ruhr aprendió los misterios de la propaganda y de la tenaz y consecuente tarea efectuada en un pequeño círculo. Pero también allí experimentó el luminoso hecho de la comunidad del pueblo. Observó como el trabajador se ubicó junto al soldado, el estudiante junto al profesional y el director de fábrica junto al desocupado. Y cómo cada uno olvidaba la procedencia, el rango, la clase y la educación, unificándose todos al servicio de Alemania. Y el Dr. Goebbels vio que todavía, cuando no se escuchaba la fraseología marxista, el hijo más pobre de Alemania era también su hijo más fiel.

     Contempló el interior de miles de miserables viviendas obreras, permaneció al acecho con los mineros en las galerías subterráneas y se deslizó furtivamente con los obreros "rojos" a través de las calles y callejuelas, organizando la resistencia contra todo lo que se había preparado para destruir la Nación. Y aprendió el lenguaje de los trabajadores y de los labriegos, de los artesanos y de los "burgueses", de los soldados y de los estudiantes, de todos, de todos los que producen para Alemania.

     Tras el derrumbe de la resistencia pasiva, después del derrumbe también del Partido bajo las balas de los traidores en noviembre de 1923, Goebbels permaneció en su puesto en el territorio del Ruhr. Con tenacidad organizó la lucha de liberación del Movimiento Nacionalsocialista y prontamente la bandera de Adolf Hitler estuvo firmemente clavada en el rojo territorio del Ruhr. El hecho de que para el Día del Partido de Weimar, en 1926, obreros de la zona, obreros nacionalsocialistas del Ruhr se hicieran presentes fue la resultante de esa labor. Y el Führer se lo agradeció al Doctor. Rápidamente se percató de lo que este hombre podía dar al Partido y le encomendó la más difícil, pero al mismo tiempo la más honrosa misión que el Movimiento podía otorgar: conquistar para la svástica a Berlín, la ciudad de cuatro millones, el corazón del Reich, la capital. Casi imposible se presenta, semejante empresa. Qué son algunos centenares de nacionalsocialistas en la ciudad gigantesca, en la cual hace años la socialdemocracia y el comunismo tienen en sus manos a la mayoría, en la que gigantescos desfiles con las banderas rojas de la comuna se realizan en las calles, en las que ni una sola manifestación burguesa ni nacional puede transcurrir sin que sea perturbada? Una ciudad en la que no sólo el gobierno del Reich, sino más aun, el gobierno marxista prusiano suprimian y desbarataban cualquier intento de formación de un frente nacional.

     Pero por sobrehumana que parezca la misión, el Dr. Goebbels no titubea un instante. Aunque no tiene a nadie en quien confiar en Berlín, aunque el Partido en la capital del Reich se encuentre separado y de esa manera totalmente incapacitado para la acción, él se pone manos a la obra sin dilación. El 9 de noviembre -este día parece estar determinado por el destino para jugar en la República de Weimar un papel siempre reiterado- de 1926 llega a Berlín. Y comienza un combate sencillamente sobrehumano. En pocos meses el nuevo Gauleiter limpia el Partido, expulsa a los elementos negativos, con los restantes forja un bloque duro como el acero, de decididos combatientes. Bajo su dirección la SA de Berlín se transforma en una tropa preparada para ofrecer resistencia a cualquier adversario.

     Y cuando la Comuna marxista avanza para "golpear sobre la horma" al Dr. Goebbels y a su Partido, así como a todo lo que en Berlín tuviese algo que ver con Nacionalsocialismo y svástica, acabando definitivamente con todo en una formidable batalla de sala, sufrió por primera vez, en una batalla campal en regla, una terrible derrota. Y esto se produjo en los mismos salones del Pharus, que hasta ese momento fueron el exclusivo centro de reunión de los señores de la estrella soviética. Media hora duró la lucha y aunque más de uno tuvo que ser llevado gravemente herido al hospital, en medio de los escombros y la sangre, permanecía incólumne, victoriosamente, el estandarte de Adolf Hitler, estaba parado el pequeño y delgado joven Gauleiter Goebbels. Y habló, habló como se había propuesto hablar, del derrumbe del Estado clasista burgués.

     Ningún tipo de persecuciones puede aniquilarlo, ninguna clase de acusaciones, abatirlo. Y cuando hubo pasado un año, no obstante la prohibición y el terror, puede enviar 700 hombres SA berlineses al Día del Partido de Nüremberg. Combatientes fanáticos de la Idea, testigos para millares que entretanto se congregaron en Berlín en torno del estandarte de Adolf Hitler y que estaban con él, estuviese o no prohibido el Partido.

     Con 2.000 RM Goebbels funda Der Angriff (El Ataque), la hoja nacionalsocialista de la capital del Reich y lo que a todos los demás les hubiera parecido una locura él fue capaz de hacerlo; él perseveró e hizo del periódico el arma más aguda en la lucha por Berlín. Y cuando la lucha final comienza en los años 1931-32, le puede ofrecer al Führer un Berlín en el cual cientos de miles se pronuncian por el Partido y que posee una SA dispuesta a entablar combate con la muerte y el diablo, que permanece impertérrita frente a cualquier tentativa de destruirla, frente a toda seducción, una tropa de élite, que pese al asesinato y la persecución cumple día y noche en su puesto con el servicio como la Idea lo manda.

     En todo hombre SA vive Horst Wessel, el gran mártir del Movimiento, que fue un hombre de la SA berlinesa. Y si el Sportpalast y  más tarde los halls de tenis o el estadio colmados, reventando de seres humanos, esperaban al Führer o a Goebbels y si la calle en Berlín se encontraba nuevamente libre del terror marxista y los pasos de marcha de la Avantgarde de la Revolución parda la hacían retumbar, todo esto fue la obra de cuatro años de lucha y tenacidad inauditas, de labor y fidelidad total de un hombre. Y este hombre se llamaba Dr. Goebbels, Gauleiter de Berlín; el mejor organizador, el mejor propagandista del Partido, el general de sus victoriosas batallas electorales, el motor del Movimiento, el ídolo de los berlineses, tanto como el odiado enemigo de los marxistas. Nunca un hombre en Berlín fue tan odiado, tan calumniado, tan combatido por todos los medios como este Gauleiter Goebbels, a quien los bolcheviques le endilgaron el mote de "Superbandido de Berlín", pero tampoco nunca un hombre en Berlín llegó a ser tan popular, tan festejado, tan aclamado, tan venerado como este Gauleiter.

     "El Doctor", así bien pronto se le comenzó a llamar y aun en la actualidad, que es Ministro del Reich para el Esclarecimiento y la Propaganda, el Partido no lo llama de otro modo que "nuestro doctor". Es innecesario hablar del propagandista Goebbels. Cualquier persona en Alemania, más aun, en todo el mundo, sabe que el Dr. Goebbels es un propagandista genial. Sus campañas electorales, su propaganda partidaria, su lucha por Berlín, su Día de la Nación que despierta, su 1o. de Mayo están vivos en el recuerdo de cada uno.

     Nunca su propaganda hubiera tenido éxito si desde el comienzo no hubiese estado edificada sobre la verdad sin concesiones. Nunca el Doctor mintió al pueblo, nunca lo engañó con adulaciones ni, como pregonero de mercado, le ponderó algo que después resultó ser mentira. Eso se lo dejó a los señores de la socialdemocracia, a los señores de los 36 partidos "alemanes". Su propaganda consistió en la absoluta honestidad, en esa veracidad intransigente, fanática, que permanentemente llama la atención como signo más descollante del Movimiento Nacionalsocialista. Y todo su accionar no fue otra cosa que decir incesantemente al pueblo la Verdad, en propagar la realidad y la fe inconmovible, la esperanza y la decisión, la lucha y el coraje, la confianza y la unidad.

     Con el empeño de todos los medios guió a las masas en forma constante hacia la grande, única Meta, al único camino recto: hacia el Hombre y la Idea que solamente eran capaces de salvar a Alemania y con Alemania a cada uno de los alemanes, hacia Adolf Hitler y el NSDAP.

Extractado de "Alemania Despierta, Desarrollo, Lucha y Victoria del NSDAP"

Ediciones Lado, Argentina